Caballeros

Capítulo V

El emplomado cielo, llena de nubosas capas la mirada, mientras entre las grietas del algodonoso manto, se filtra la luz que reposa sobre un mar que encabrita la espuma, que tiñe las rocas del acantilado de mar en estado puro. El viento caprichoso, mece la bruma salada que escala la escarpada pared en busca de nuestros rostros. De pie frente al infinito paisaje, contemplamos la estampa inmortal del horizonte. Atrás había quedado un largo camino entre el bosque y este mar, dos jornadas a caballo que cubrieron la distancia que separaba nuestro destino. El siguiente paso es, encontrar un barco que nos traslade al otro lado, al lugar donde comienza la vereda que conduce a la abadía, destino ocasional de esta aventura.

D. Diego inspira tan profundo como puede, siempre le puede el Mar, sus ojos se pierden entre las olas, su alma se aloja en cada vuelo de albatros que desliza elegante sobre la corriente térmica, entonces cierra los ojos y se siente a bordo del vuelo, su alma se libera y divisa desde lo alto un mundo, que permanece alejado de tanta realidad que duele. Un pinchazo seco, le rompe el momento y le recuerda que aun late dolor en la herida de su brazo, pero también sabe que salió de esta, con más valor que fuerzas, con más tesón que suerte, no sabe ni quiere detener su andar.

D. Luis pasea con calma sobre el verde prado que espiga doblado por la caricia del viento, mientras el aire dibuja pinceladas caprichosas con cada ráfaga. El mismo viento que mueve sus ropajes antojadizos y revuelve los rizos de su cabellera. El silencio se apodera del momento y hace que nos fluya a cada cual los recuerdos de una vida que ahora queda atrás. Aun así nada se resquebraja, lo importante permanece intacto bajo la coraza, con cada paso avanzamos, por duro que sea el camino; con cada cicatriz que marca la piel, se escribe una página imborrable en el diario de la vida.

Subimos a los caballos y emprendemos el camino al pueblo, un laberinto de calles embarradas y salpicadas casas. Como todos aquellos pueblos que bañados por la salada agua, albergan puerto de mar, se muestran cosmopolitas, quizás fruto del ir y venir de los barcos que atracan en su bahía. Hasta el cada día llegan gentes y mercancías que abren los ojos a un mundo en ocasiones por descubrir para ultramares habitantes. El camino que conduce nuestros pasos, se adorna en sus lindes por vides que muestran coloristas hojas, que encierran bajo su envés racimos de moscateles uvas. El blanco floral de almendros engalana el aire, perfumando con ráfagas dulces nuestro caminar. D. Luis se detiene y recoge almendras, llena con cuidado una pequeña bolsa de rafia, sabe que vendrán jornadas difíciles, que terminan en noches sin techo, ni platos que degustar.

Llegamos al puerto y la actividad desborda nuestros sentidos, carretas de madera desvencijada que acarrean mercancías con exóticos frutos provenientes de tierras tan lejanas como desconocidas. También llegan telas de sedoso tacto, maderas y animales enjaulados en celdas de caña y cuerda, plantas con las que ganar el trueque.

Desembarcan al abordaje, marineros deseosos de alejarse del vaivén que el mar de fondo cronifica en su equilibrio. Buscan curvas de damas, diversión y alcohol que les libere del encierro entre cuadernas y velas, entre bodegas y camarotes de comprometido espacio y cuestionable salubridad.

En el centro del poblado, una posada vomita volutas de humo de encina por la chimenea, las luces de las lámparas de aceite, se escapan fugaces por las ventanas, mientras la noche desertiza la calle. “La Estrella”, así se llama esta taberna y posada a la vez, que se convierte para nosotros en un lugar en el que atracar, un refugio que nos servirá de cuartel general para que descansen los huesos deseosos de encontrar un jergón con acomodada paja y un balde en el que asearse. Cada uno tomamos un cuarto y tras recuperar fuerzas y asearnos, convenimos encontrarnos en la taberna.

Una vez reunidos nos encaminamos hasta el pantalán del puerto, debemos encontrar un barco que nos lleve a la otra orilla y comenzamos a husmear, en cada uno de ellos, con el ánimo de conseguir nuestro propósito. Encontramos una galera de dos palos amarrada de costado, luce en la proa un mascaron ornamental de tallada madera, con una sirena de larga melena que ajada por la sal y el navegar, posa imperturbable ante el paso de galernas y tifones. El capitán apura una pipa de maíz en la cubierta, mientras mira melancólico al estrellado cielo que cobijaba la noche; carta marina, mapa celeste en días de navegación. Nos cuenta que zarpará al día siguiente y que en su errático periplo podría fondear en nuestro destino, no sin antes convenir un precio con nosotros. Negociados los detalles cerramos el trato, con las primeras luces del día partiríamos rumbo al destino tal cual lo acordamos.

Entramos en “La Estrella” de nuevo y los cánticos rezuman alegría y ganas de olvidar, jarras de vino llenan las mesas y el cortejo entre marinos y señoras se suceden en las noche. Sentados a la mesa bebemos y participamos de la fiesta, de repente una hermosa mujer se acerca, y enreda sus dedos en el pelo de D. Diego, lejos de rehuir, le invita a sentarse con nosotros y enreda el verbo y la vida en cada envite que recibe respuesta de la femenina consorte.
La noche avanza y decido marchar a mi habitación mientras D. Luis se adentra en una partida de naipes, le gusta el juego y el vértigo de emociones que despierta el azar de las partidas, esta noche sopla el viento a su favor y le vienen buenas manos, cada nueva jugada, va ganado terreno a los congregados y su bolsa se llena con cada triunfo. El vino corre sobre la mesa y la noche tiene trazas de no acabar. Un timonel guarda bajo el parche de cuero negro, la cuenca vacía de un ojo que algún avatar le arrebató, y farfulla en cada baza perdida con D. Luis, que no hay fortuna en sus bolsillos. Antes de marcharme y dar fin a mi noche, mi mano aprieta su hombro y le dice sin decir que si se tuerce el camino, ya sabe donde hallarme, que si continua en racha, se aleje mientras pueda, pero él decidirá.

D. Diego se ha aliado con Cupido y se pierde en la noche del brazo de su Dama. Una rubia de blanca piel y delicados gestos, que encierra en el escote un mundo en el que poder perderse, afortunado su pretendiente, que sabe perderse mejor que nadie, en ese y otros rincones de piel. La conversación acerca sus rostros y se despliega en cada risa una alegría que contagia y a golpe de confidencias y devaneos, se amarran los caminos. Deciden marcharse y prendidos del brazo, en cada paso mece la dama, unos andares que hipnotizan la mirada. Una rosa enredada en su cabello le adorna, y D. Diego se detiene antes de salir, la cubre los desnudos hombros con su capa, mientras con un guiño se despide de nosotros. Buena suerte amigo, que no se te acabe nunca esta noche!.

Amanece y la luz del sol sonroja el firmamento y emerge tan despacio del horizonte, que parece que flota sobre las olas. Espero sentado en un barril la llegada de mis amigos, mientras repaso los mapas que muestran los pasos que están por venir. Primero llega D. Luis, su rostro muestra las marcas de una noche que terminó en refriega, alguien no entendió la fortuna de las últimas manos y la partida acabó con el tuerto mal parado y mi hidalgo amigo magullado, maltrecho, molido, y vapuleado, pero victorioso. Levanto la mirada y buscando la suya le esbozo una sonrisa cómplice, no me da tregua y con dolorido gesto levanta la diestra, mientras me mira incomodo, como gesto ineludible de que no quiere contar lo acontecido, al menos por ahora. Continúa avanzando y se para frente a mí y pregunta por D. Diego, encojo los hombros, pues no sé mucho más, la última vez que le vi su hombro tenía dos cabezas, la de él erguida y satisfecha, y la de su dama que complacientemente apoyada se dejaba llevar en volandas.

En la galera que nos aguarda, la tripulación está abordo y se encuentra todo listo para zarpar, pero D. Diego sigue sin personarse. Dos onzas de plata, calman los ánimos y esperan, a que estemos todos. Mientras conversamos de detalles A lo lejos el trotar de un caballo rompe el momento y cabalga a lomos del alazán, nuestro amigo, mientras es abrazado por la dama de dorados cabellos. Se detiene su cabalgadura frente a nosotros, desde el suelo la coge por el talle para ayudarla a descabalgar, y traen pintada la cara de amor y ternura, de caricias y luz. Un beso de su dama le aguarda antes de partir, D. Diego toma entre sus fuertes manos el angelical rostro y mesando su cabello, la promete regresar sano y salvo a continuar lo que ahora debe interrumpir; después la toma de la mano y encierra entre sus dedos una medalla que D. Diego lucia en su pecho, ella aprieta la mano, mientras un beso sella el momento. Después aún cogidos de la mano se dirigen hasta nuestro encuentro y D. Diego nos presenta a Dña. Leonor, una Dama de genealógica cuna y rebeldía en las formas y en el fondo. Sus ojos delatan sus sentimientos por nuestro hermano de armas y se deshace en arrumacos con su amado. Hechas las presentaciones, el tiempo se desvanece y subimos el madero que nos lleva a la cubierta.

D. Diego guarda con mimo un delicado y perfumado pañuelo en su manga, mientras guarda cada foto del momento en su memoria.

Las olas golpean el bajel y el trajín de la cubierta ensordece nuestro partir, la galera vira a babor y encaramos rumbo al destino, D. Diego corre hasta la balconada de popa y despide con la mano a Dña. Leonor incansablemente, se le despertó la ternura contenida, esa que no fluye más que cuando se llega al fondo, donde cada uno guarda su verdad. El timón conduce nuestros pasos y el viento despliega la mayor que henchida empuja la nave hacia el destino que ya va quedando más cerca, con cada golpe ganado al mar.

Una vez abordo buscamos un lugar en el que no entorpecer a los tripulantes y conversar sobre lo que a cada uno le trajo la noche. Las risas y las confidencias se suceden, y del viento se cuelgan las siempre sonoras y resonantes carcajadas de D. Luis, mientras nos alejamos del puerto y el mar devora con su inmensidad la nao que ocupamos.
Las horas de bogar sobre el cabrilleo azul se suceden y una voz alerta los sentidos y despierta a D. Diego y D. Luis que amodorrados en la proa descansaban, de una noche que no dejaron escapar, cada uno a su manera. La presencia de otro barco muy cercano, le hace torcer el gesto al capitán del nuestro, y decidimos hablar con él pero, antes de llegar hasta su posición una violenta andanada golpea a pocos metros de nuestro casco, y todo apunta, a que quedan más por llegar……