Sahara.
La vida se llena de saltos mortales, de nudos que deshacer, de hilos que lían madejas que enredan caminos por recorrer. Y en medio de las arenas que forman dunas y visten Tuaregs, se alzan desiertas montañas, guaridas de gentes sin alma, que venden vidas al portador a bombo y platillo con la propaganda a los pies de los Emires ciegos de ira.
Bruno continente que se desangra en miseria y muerte sin receta que alivie su descenso a los infiernos. Vive a merced de mercenarios gemólogos insaciables, que ensangrientan las preciosas piedras, de petroleros intereses, que convierten en marionetas los mercados. Sediento y herido de muerte deambulan por él sus gentes, huyendo de revueltas que asedian su existencia, que limpian etnias, que siembran tempestades, que no amainan. Infancia que cala hasta los huesos, raquitismo en las entrañas, desolada desolación.
Fanatismo en el ADN de líderes tribales que disfrazan su sectario andar con el riego por aspersión de un analfabetismo crónico, ignorante condena nómada que solo alivia su carga derrengadora a golpe de ONG.
Se desvanece el rumor de la noche que salpicada de estrellas, despliega un celeste techo en la hermosa luna del desértico desierto. Caminitos de mutantes dunas en brazos del viento, sinuosas sus ráfagas borran las huellas que dejamos al llegar, nada permanece sobre ellas.
Hipnotiza el silencio que envuelve el momento, mientras la inmensidad nos devuelve la fragilidad y lo minúsculo de nuestra presencia en tan vasta mirada.
Puzle enrevesado de infinitas piezas que componer. Purgatorio para almas en oferta, hilo de manantial que agoniza en el arenoso manto que no cesa de viajar.
A lo lejos tintinean las hogueras de los hombres azules que en Jaimas se guarecen de esta noche. Mañana será otra vida la que envuelva nuestros pasos y otro precipicio se abrirá con el nuevo sol, pero eso será mañana. Hoy ya pagamos cada factura vaciándonos los bolsillos con lo poco que trajimos y lo mucho que hace falta en este lar.



