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	<title>Patxietxea</title>
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		<title>Sahara.</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 11:40:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Descalzo andar]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida se llena de saltos mortales, de nudos que deshacer, de hilos que lían madejas que enredan caminos por recorrer. Y en medio de las arenas que forman dunas y visten Tuaregs, se alzan desiertas montañas, guaridas de gentes sin alma, que venden vidas al portador a bombo y  platillo con la propaganda a los pies de los Emires ciegos de ira. </p>
<p>Bruno continente que se desangra en miseria y muerte sin receta que alivie su descenso a los infiernos. Vive a merced de mercenarios gemólogos insaciables, que ensangrientan las preciosas piedras, de petroleros intereses, que convierten en marionetas los mercados. Sediento y herido de muerte deambulan por él sus gentes, huyendo de revueltas que asedian su existencia, que limpian etnias, que siembran tempestades, que no amainan. Infancia que cala hasta los huesos, raquitismo en las entrañas, desolada desolación. </p>
<p>Fanatismo en el ADN de líderes tribales que disfrazan su sectario andar con el riego por aspersión de un analfabetismo crónico, ignorante condena nómada que solo alivia su carga derrengadora a golpe de ONG.</p>
<p>Se desvanece el rumor de la noche que salpicada de estrellas, despliega un celeste techo en la hermosa luna del desértico desierto. Caminitos de mutantes dunas en brazos del viento, sinuosas sus ráfagas borran las huellas que dejamos al llegar, nada permanece sobre ellas.  </p>
<p>Hipnotiza el silencio que envuelve el momento, mientras la inmensidad nos devuelve la fragilidad y lo minúsculo de nuestra presencia en tan vasta mirada. </p>
<p>Puzle enrevesado de infinitas piezas que componer. Purgatorio para almas en oferta, hilo de manantial que agoniza en el arenoso manto que no cesa de viajar. </p>
<p>A lo lejos tintinean las hogueras de los hombres azules que en Jaimas se guarecen de esta noche. Mañana será otra vida la que envuelva nuestros pasos y otro precipicio se abrirá con el nuevo sol, pero eso será mañana. Hoy ya pagamos cada factura vaciándonos los bolsillos con lo poco que trajimos y lo mucho que hace falta en este lar.</p>
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		<title>Capítulo V</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 12:52:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Caballeros]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>El emplomado cielo, llena de nubosas capas la mirada, mientras entre las grietas del algodonoso manto, se filtra la luz que reposa sobre un mar que encabrita la espuma, que tiñe las rocas del acantilado de mar en estado puro. El viento caprichoso, mece la bruma salada que escala la escarpada pared en busca de nuestros rostros. De pie frente al infinito paisaje,  contemplamos la estampa inmortal del horizonte. Atrás había quedado un largo camino entre el bosque y este mar,  dos jornadas a caballo que cubrieron la distancia que separaba nuestro destino. El siguiente paso es, encontrar un barco que nos traslade al otro lado, al lugar donde comienza la vereda que conduce a la abadía, destino ocasional de esta aventura.</p>
<p>D. Diego inspira tan profundo como puede, siempre le puede el Mar, sus ojos se pierden entre las olas, su alma se aloja en cada vuelo de albatros que desliza elegante sobre la corriente térmica, entonces cierra los ojos y se siente a bordo del vuelo, su alma se libera y divisa desde lo alto un mundo, que permanece alejado de tanta realidad que duele. Un pinchazo seco, le rompe el momento y  le recuerda que aun late dolor en la herida de su brazo, pero también sabe que salió de esta, con más valor que fuerzas, con más tesón que suerte, no sabe ni quiere detener su andar. </p>
<p>D. Luis pasea con calma sobre el verde prado que espiga doblado por la caricia del viento, mientras el aire dibuja pinceladas caprichosas con cada ráfaga. El mismo viento que mueve sus ropajes antojadizos y revuelve los rizos de su cabellera. El silencio se apodera del momento y hace que nos fluya a cada cual los recuerdos de una vida que ahora queda atrás. Aun así nada se resquebraja, lo importante permanece intacto bajo la coraza, con cada paso avanzamos, por duro que sea el camino; con cada cicatriz que marca la piel, se escribe una página imborrable en el diario de la vida.</p>
<p>Subimos a los caballos y emprendemos el camino al pueblo, un laberinto de calles embarradas y salpicadas casas. Como todos aquellos pueblos que bañados por la salada agua, albergan puerto de mar, se muestran cosmopolitas, quizás  fruto del ir y venir de los barcos que atracan en su bahía. Hasta el cada día llegan gentes y mercancías que abren los ojos a un mundo en ocasiones por descubrir para ultramares habitantes. El camino que conduce nuestros pasos, se adorna en sus lindes por vides que muestran coloristas hojas, que encierran bajo su envés racimos de moscateles uvas. El blanco floral de almendros engalana el aire, perfumando con ráfagas dulces nuestro caminar.  D. Luis se detiene y recoge almendras, llena con cuidado una pequeña bolsa de rafia, sabe que vendrán jornadas difíciles, que terminan en noches sin techo, ni platos que degustar.</p>
<p>Llegamos al puerto y la actividad desborda nuestros sentidos, carretas de madera desvencijada que acarrean mercancías con exóticos frutos provenientes de tierras tan lejanas como desconocidas. También llegan telas de sedoso tacto, maderas y animales enjaulados en celdas de caña y cuerda, plantas con las que ganar el trueque.</p>
<p>Desembarcan al abordaje, marineros deseosos de alejarse del vaivén que el mar de fondo cronifica en su equilibrio. Buscan curvas de damas, diversión y alcohol que les libere del encierro entre cuadernas y velas, entre bodegas y camarotes de comprometido espacio y cuestionable salubridad.</p>
<p>En el centro del poblado, una posada vomita volutas de humo de encina por la chimenea, las luces de las lámparas de aceite, se escapan fugaces por las ventanas, mientras la noche desertiza la calle. “La Estrella”, así se llama esta taberna y posada a la vez, que se convierte para nosotros en un lugar en el que atracar, un refugio que nos servirá de cuartel general para que descansen los huesos deseosos de encontrar un jergón con acomodada paja y un balde en el que asearse. Cada uno tomamos un cuarto y tras recuperar fuerzas y asearnos, convenimos encontrarnos en la taberna. </p>
<p>Una vez reunidos nos encaminamos hasta el pantalán del puerto, debemos encontrar un barco que nos lleve a la otra orilla y comenzamos a husmear, en cada uno de ellos, con el ánimo de conseguir nuestro propósito. Encontramos una galera de dos palos amarrada de costado, luce en la proa un mascaron ornamental de tallada madera, con una sirena de larga melena que ajada por la sal y el navegar, posa imperturbable ante el paso de galernas y tifones. El capitán apura una pipa de maíz en la cubierta, mientras mira melancólico al estrellado cielo que cobijaba la noche; carta marina, mapa celeste en días de navegación. Nos cuenta que zarpará al día siguiente y que en su errático periplo podría fondear en nuestro destino, no sin antes convenir un precio con nosotros. Negociados los detalles cerramos el trato, con las primeras luces del día partiríamos rumbo al destino tal cual lo acordamos.</p>
<p>Entramos en “La Estrella” de nuevo y los cánticos rezuman alegría y ganas de olvidar, jarras de vino llenan las mesas y el cortejo entre marinos y señoras se suceden en las noche. Sentados a la mesa bebemos y participamos de la fiesta, de repente una hermosa mujer se acerca, y enreda sus dedos en el pelo de D. Diego, lejos de rehuir, le invita a sentarse con nosotros  y enreda el verbo y la vida en cada envite que recibe respuesta de la femenina consorte.<br />
La noche avanza y decido marchar a mi habitación mientras  D. Luis se adentra en una partida de naipes, le gusta el juego y el vértigo de emociones que despierta el azar de las partidas, esta noche sopla el viento a su favor y le vienen buenas manos, cada nueva jugada, va ganado terreno a los congregados y su bolsa se llena con cada triunfo. El vino corre sobre la mesa y la noche tiene trazas de no acabar. Un timonel guarda bajo el parche de cuero negro, la cuenca vacía de un ojo que algún avatar le arrebató, y farfulla en cada baza perdida con D. Luis, que no hay fortuna en sus bolsillos. Antes de marcharme y dar fin a mi noche,  mi mano aprieta su hombro y le dice sin decir que si se tuerce el camino, ya sabe donde hallarme, que si continua en racha, se aleje mientras pueda, pero él decidirá.</p>
<p>D. Diego se ha aliado con Cupido y se pierde en la noche del brazo de su Dama. Una rubia de blanca piel y delicados gestos, que encierra en el escote un mundo en el que poder perderse, afortunado  su pretendiente, que sabe perderse mejor que nadie, en ese y otros rincones de piel. La conversación acerca sus rostros y se despliega en cada risa una alegría que contagia y a golpe de confidencias y devaneos, se amarran los caminos. Deciden marcharse y prendidos del brazo,  en cada paso mece la dama, unos andares que hipnotizan la mirada. Una rosa enredada en su cabello le adorna, y D. Diego se detiene antes de salir,  la cubre los desnudos hombros con su capa, mientras con un guiño se despide de nosotros. Buena suerte amigo, que no se te acabe nunca esta noche!.</p>
<p>Amanece y la luz del sol sonroja el firmamento y emerge tan despacio del horizonte, que parece que flota sobre las olas. Espero sentado en un barril la llegada de mis amigos, mientras repaso los mapas que muestran los pasos que están por venir. Primero llega D. Luis, su rostro muestra las marcas de una noche que terminó en refriega, alguien no entendió la fortuna de las últimas manos y la partida acabó con el tuerto mal parado y mi hidalgo amigo magullado, maltrecho, molido, y vapuleado, pero victorioso. Levanto la mirada y buscando la suya le esbozo una sonrisa  cómplice, no me da tregua y con dolorido gesto levanta la diestra, mientras me mira incomodo, como gesto ineludible de que no quiere contar lo acontecido, al menos por ahora. Continúa avanzando y se para frente a mí y pregunta por D. Diego, encojo los hombros, pues no sé mucho más, la última vez que le vi su hombro tenía dos cabezas, la de él erguida y satisfecha, y la de su dama que complacientemente apoyada se dejaba llevar en volandas.</p>
<p>En la galera que nos aguarda, la tripulación está abordo y se encuentra todo listo para zarpar, pero D. Diego sigue sin personarse. Dos onzas de plata, calman los ánimos y esperan, a que estemos todos. Mientras conversamos de detalles A lo lejos el trotar de un caballo rompe el momento y cabalga a lomos del alazán, nuestro amigo, mientras es abrazado por la dama de dorados cabellos. Se detiene su cabalgadura frente a nosotros, desde el suelo la coge por el talle para ayudarla a descabalgar, y traen pintada la cara de amor y ternura, de caricias y luz. Un beso de su dama le aguarda antes de partir, D. Diego toma entre sus fuertes manos el angelical rostro y mesando su cabello, la promete regresar sano y salvo a continuar lo que ahora debe interrumpir; después la toma de la mano y encierra entre sus dedos una medalla que D. Diego lucia en su pecho, ella aprieta la mano, mientras un beso sella el momento. Después aún cogidos de la mano se dirigen hasta nuestro encuentro y D. Diego nos presenta a Dña. Leonor, una Dama de genealógica cuna y rebeldía en las formas y en el fondo. Sus ojos delatan sus sentimientos por nuestro hermano de armas y se deshace en arrumacos con su amado. Hechas las presentaciones, el tiempo se desvanece y subimos el madero que nos lleva a la  cubierta. </p>
<p>D. Diego guarda con mimo un delicado y perfumado pañuelo en su manga, mientras guarda cada foto del momento en su memoria.</p>
<p>Las olas golpean el bajel y el trajín de la cubierta ensordece nuestro partir, la galera vira a babor y encaramos rumbo al destino, D. Diego corre hasta la balconada de popa y despide con la mano a Dña. Leonor incansablemente, se le despertó la ternura contenida, esa que no fluye más que cuando se llega al fondo, donde cada uno guarda su verdad. El timón conduce nuestros pasos y el viento despliega la mayor que henchida empuja la nave hacia el destino que ya va quedando más cerca, con cada golpe ganado al mar.</p>
<p>Una vez  abordo buscamos un lugar en el que no entorpecer a los tripulantes y conversar sobre lo que a cada uno le trajo la noche. Las risas y las confidencias se suceden, y del viento se cuelgan las siempre sonoras y resonantes carcajadas de D. Luis,  mientras nos alejamos del puerto y el mar devora con su inmensidad la nao que ocupamos.<br />
Las horas de bogar sobre el cabrilleo azul se suceden y una voz alerta los sentidos y despierta a D. Diego y D. Luis que amodorrados en la proa descansaban, de una noche que no dejaron escapar, cada uno a su manera. La presencia de otro barco muy cercano, le hace torcer el gesto al capitán del nuestro, y decidimos hablar con él pero, antes de llegar hasta su posición una violenta andanada golpea a pocos metros de nuestro casco,  y todo apunta, a que quedan más por llegar……</p>
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		<title>Capitulo IV</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Nov 2011 10:49:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Caballeros]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8230;///&#8230; D. Diego toma la primera de las posiciones, sigue nervioso, intranquilo, algo le dice que no será fácil llegar al final. De repente un estruendo, enmudece el momento……………………</em></p>
<p>Las bestias se encabritan ante el estallido y D. Luis cae al suelo, una nube de polvo disipa el camino y ciega los ojos, el caos campa libremente en el desfiladero que atravesábamos. Un grito que nace desde las mismas entrañas, sitúa la posición de D. Diego, unos metros por delante de mí, una docena de piedras bloquean el paso y en su anárquico descenso formaron una gran polvareda y arrasando todo a su paso.  El grito, retumba lleno de eco y  suena a guerra y a batalla. El lance amenaza la mañana, nuestro subsistir y el cumplir la misión fijada. El ruido que produce el cortar el aire con la espada,  llega en un latido hiriente hasta mi posición. D. Diego cierne su acero con un vendaval de mandobles, mientras su espada choca una y otra vez contra las rocas y contra las demás armas, se escribe en el aire un tañido que no deja lugar a la imaginación. ¡¡¡Nos atacan!!!.<br />
D. Luis se halla conmocionado en el suelo, le sorprendió un lance de su caballo en el estruendo y la cabriola inesperada le derribó, pero pasados los primeros segundos se levanta como puede, aun confuso y magullado, mientras a dos pasos se libra la batalla. No duda en alcanzar altura sobre las rocas, su envergadura es liviana y prefiere evitar el cuerpo a cuerpo,  busca encaramado, el campo de visión necesario para, con su certero arco, despejar los enemigos que amenazan nuestra existencia.<br />
Lucho contra un sin fin de asaltadores que llegan de todos lados e intento, acercar distancias a D. Diego, por fin tras librarme de algunos de ellos, llego hasta la posición donde sitiado, se defiende sin descanso, D. Diego, un silbido mío, le alerta de mi presencia y esboza complaciente una mueca de gratitud. Espalda con espalda, vamos asegurando una posición que nos resguarde de los ataques, y cuando las fuerzas se igualan en número, se hace una tensa calma, mientras se detienen las hostilidades.<br />
Las miradas no descansan de escudriñar en el entorno, pistas del siguiente paso, quizás un as escondido que nos vuelva a sorprender, o más asaltadores que esperan en retaguardia para rematarnos.<br />
D. Diego grita: Que buscáis con nuestra muerte? Por qué osáis a batallar y cual es vuestro interés?<br />
En el otro lado, heridos sin remedio algunos de nuestros asaltantes, se lamentan del paso del acero por su cuerpo, otros yacen sin vida barranco abajo. De gran envergadura e inconfundible cicatriz en el cuello, se muestra un caballero ataviado de azul noche, un pañuelo negro le cubre el rostro y solo deja sus ojos al aire. Contrariado contesta nuestra pregunta  invitándonos amenazante a entregarle todo aquello que tenemos, a cambio, seguiremos vivos. La respuesta no se hace esperar, desde lo alto una flecha disparada por D. Luis se clava en la tierra, señalando el centro exacto, de la distancia que separa los pies del susodicho. Sin tregua una segunda derriba a uno de sus esbirros, que se encontraba dos pasos atrás de un punzada certera en el pecho.<br />
El gesto no deja indiferente a los contrarios, se tensa aun más el momento, y D. Diego,  les grita:<br />
 <br />
No hallareis mejor respuesta de estos caballeros a los que atacáis, que la de las armas que empuñamos, ni voluntad alguna de entregaros nada que no os pertenezca. Por tanto, tenéis la oportunidad de apartad a vuestro hombres del camino,  y solo así daremos por olvidada esta afrenta y salvareis la vida. D. Diego, avanza unos pasos y retirándose el cabello del lado derecho de su semblante, mira a los ojos de los contrarios y continúa. “No es la sangre de otros lo que buscamos, sino mas bien las palabras que escritas, sean el bálsamo necesario que calme las almas necesitadas”.<br />
Sin haber terminado el discurso, las espadas vuelven hablar y se aleja de nuevo la cordura en el fragor de la batalla desatada. Se suceden los golpes y el delirio de heridas y sin razón que conlleva la ausencia de entendimiento. Por fin termina la locura,  con una huida de los acechadores y heridas en nuestro haber que curar. La tensión nos hace continuar hacia delante y encontrar un lugar seguro en el que recalar antes de hacer balance.<br />
Reunidos los tres de nuevo, y tras valorar los daños, comprobamos la seguridad del siguiente paso, y una vez seguros del camino, bajamos al cauce murmolloso del río. Allí  descansamos las monturas, no hay palabras que enunciar, tan solo un silencio que impresiona. Nuestras miradas se cruzan buscando la respuesta del otro. Descubrimos en nuestro cuerpo lo que serán futuras cicatrices mientras nos lavamos las heridas. Duele más la vida, cuando es otro el que la desafía, cuando se llena la mirada de un odio que ciega a la razón, y desata la furia de los sentido.<br />
La calma de la tarde, mece nuestro agotamiento y se el escenario que nos acoge de maduras hojas ocres, rojizas y mostaza, que livianas dibujan en su caer un errático y hermoso vuelo, hasta posarse en la superficie boscosa. Los pasos sobre el manto de hojarasca, algodona el andar. Mientras la niebla desciende sinuosa valle abajo, la luz de la tarde se desvanece y el frio comienza a sentirse, y lo hace tan adentro que hiela un alma en horas bajas. En estas condiciones, la cordura no aconseja, continuar.<br />
El otoño acerca la noche y esta toca al relente, acomodamos nuestros enseres al lugar en el que montaremos el campamento e intentaremos descansar. La batalla nos había dejado exhaustos y malheridos. D. Diego, tiene un brazo destrozado, por la huella de un hacha de doble hoja, ha perdido mucha sangre, pero aguanta estoico cada puntada que con un sedal doy intentándole cerrar su herida. El gesto le delata, la rama que guarda entre los dientes contiene la rabia. Terminada la costura le aplico una cataplasma de hierbas y barro que cubra la herida, le envuelvo el antebrazo dañado con un pañuelo,  regalo seguro de alguna princesa, que D. Diego cautivaría en sus andanzas. Menores heridas y daños, son las que luce mi osamenta y la de D. Luis, que libró su integridad, sin más daños que los golpes del rodar por el suelo. Su lucha se libro desde las alturas, a golpe de flecha y certera puntería.<br />
La luna anaranjada asciende y el silencio envuelve el momento, cada centímetro de nuestro cuerpo esta magullado o dañado, pero seguíamos vivos. Centinela D. Luis guardara nuestro sueño durante la primera parte de la noche, que luego, serán mis manos las que guarden el campamento y su descanso. </p>
<p>La noche avanza silenciosa, tan solo algún resoplido equino, rompe la melodía de unos árboles que hablan con voz de ramas y hojas azotadas por la brisa nocturna. Pero a medida que pasan las horas,  el temblor y los delirios se suceden en la noche, D. Diego se retuerce de dolor, la fiebre ha hecho mella en su cuerpo. La herida supura más allá de su envoltura y no tiene buen aspecto. Me acerco a su lado y compruebo que tiene los dedos amoratados. Con una espina de verde enebro, pincho las yemas de sus dedos mientras le distraigo con la conversación,  y compruebo que no hay respuesta a cada aguijón que clavo. La infección avanza y  ha perdido sensibilidad, yace empapado en un sudor febril que termina por desvanecerle. Busco entre la maleza unos frutos y raíces que hervidos conjuguen un remedio a modo de pócima. Y tras prepararlo, inclino su cabeza, para que los temblorosos labios ingieran el brebaje, el gesto lo dice todo, quema y amarga por igual, pero calma las convulsiones y atempera la fiebre. D. Luis se deshace en la distancia, quiere tanto a su hermano de armas, que preferiría mil veces cargar con sus males, que contemplar la escena que se desarrollaba delante suya. </p>
<p>Una vez D. Diego, descansa, relevo de la vigilia a D. Luis, que vuela cerca de su buen amigo y se tumba a su lado, le retira los cabellos que cubrían sus ojos y le seca la frente; arropa su costado e intentar conciliar un sueño que no llega por más que lo necesite e intente. </p>
<p>La mañana se desata y el bosque huele a despertar a humeante ramas de pino silvestre y a resina piñonera. Un puchero hierve en necesario desayuno y mis compañeros de viaje comienzan a despertar del letargo nocturno. D. Diego responde con exabruptos, del dolor que le llega desde el brazo. Nunca tuvo el don de la prudencia, temperamental y enérgico, intenta levantarse. Pero ni las fuerzas, ni la salud le acompañan esta vez. D. Luis, calma con un posar la mano en su hombro la perorata, y le ayuda a sentarse. El brazo tiene mejor aspecto, pero aún es pronto para continuar.</p>
<p>Estamos a tres jornadas de nuestro siguiente destino, una abadía, en donde todo apunta que se refugia la Dama que buscamos. Dicen quienes de ellas hablaron, que se trata de una hermosa mujer de delicadas maneras, de morena melena que se encabrita con el viento. Que su piel posee el tacto de la seda y guarda tanta elegancia en sus andares y maneras, que parece frágil su existencia. Los ojos iluminan la mirada recatada que desliza entre los parpados y su boca modula palabras cadenciosas que emboban al oyente atrapado entre la magia que despliega. Quizás ella tenga el tesoro buscado, quizás, de no tenerlo tenga la llave que abre el camino que nos lleve hasta él,  Quizás……</p>
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		<title>Mi  Plas</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Nov 2011 13:30:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Esbozar tu risa]]></category>

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		<description><![CDATA[Tengo un hermano que busca entre las rendijas de mis pasos, un hilo que teje una historia que huela a curriculum vitae, y no es porque quiera llenar de forma ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo un hermano que busca entre las rendijas de mis pasos, un hilo que teje una historia que huela a curriculum vitae, y no es porque quiera llenar de forma esteril su memoria, es mas por comprender el camino que dejaron mis huellas. De lobo el olfato, le huelen las noches a espera, sentado en el buzón de entrada de su mail. Esa pose me emociona tanto que mis dedos vuelan entre las teclas, para pagar sin conseguirlo tanta devoción. </p>
<p>Entró en mi guarida con la elegancia del cisne que se desliza sobre una superficie acuosa sin salpicar y fue componiendo las piezas que conforman un puzzle sin terminar. Con esa brillantez que encierra bajo su sencillez y que me emboba. Ternura a raudales bajo la coraza de Conán!!!.</p>
<p>Para el trabajo de hilar, se trajo a su particular Watson gafotascuatroojoscapitandetodoslospiojos, para llenar los vacíos, y venidos arriba se ponen a elucubrar. Cuentan y desmenuzan mientras inventan un lío de capuchas y despertares de figuritas amarrados a una silla en un semisótano, con su poquito de luz natural. Y dice mi brother, que le sirven al reo un cafelito con dos terroncitos y una barra libre para platicar.  Que cuando le vuelve el pulso y el aliento del trance,  la retina se acomoda a la luz que ilumina la estancia y la primera postal que visualiza,  se le llena de casco de suhitzales. Luego la imaginación hace el resto y derrotan a los presentes con un millón de carcajadas, a través de una hilarante historia que van salpicando en un mano a mano extraordinario, bendita imaginación y gracias por las risas.</p>
<p>Y es que mi plás es un maquina, uno entre un millón de millones, esa flor que tras un caminar a través de una estepa nevada al límite, descubres la Edelweiss más hermosa que puedas imaginar. Y allí está con las condiciones más duras y sin despeinarse, nació para florecer y vivir donde arrecia, pero también para mostrarse en pleno esplendor y para que la aprecien tan solo unos ojos que quieran ver.  </p>
<p>Llenó mi morada de luz y calor en cada abrazo, tuvo la generosidad de estar y ejercer, le dejé cuando termino el baile como llegó, con un millón de cosas por compartir y un nos vemos en cada latido que nos dé esta vida. </p>
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		<title>Juan Mari Arzak &#8211; Fray Arzak</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 09:14:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Estelas Anonimas]]></category>

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		<description><![CDATA[Blanco escaparate de piedra marmolada, esbelta mesa, pasarela de viandas aun latentes, antesala de cuchillos y sazones. Microscópico casting de mercancías en ritual observatorio diario, todo bajo la mirada del ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Blanco escaparate de piedra marmolada, esbelta mesa, pasarela de viandas aun latentes, antesala de cuchillos y sazones.  Microscópico casting de mercancías en ritual observatorio diario, todo bajo la mirada del maestro, cada detalle un paso adelante en la ascensión diaria a la cumbre. .</p>
<p>Vanguardia de tradición inaplazable, genes salpimentados y regados con  aceite de oliva y perejil.  Artesanal carpintero de hilo incandescente, paleta colorista y especiada para pinceles culinarios. Fogones que esculpen soberbias obras sobre exquisita loza, recetas de mar adentro y tierra afuera, deleite gustativo, explosión de sabores en un maridaje perpetuo.</p>
<p>Cocinero con la infancia intacta, adicción juguetera que emociona al maestro cuando escapa de la escuela y el atril, retorno al país de nunca jamás en cada pulso vital que le acompaña.</p>
<p>El silencio le abraza en la reclusión voluntaria de descanso quincenal en anual cita.  Monte y baño termal le aguardan, mientras busca a la musa que paciente le espera en cada esquina de un bosque parlanchín e inspirador, de allí a la mesa y a la cocina, buscador incesante, más difícil todavía, más sencillo imposible. </p>
<p>Crisol de perfumes aromáticos  en la cotidianidad de la Casona de comidas sin vocación de portadas ni flases. Altiva Miracruz con esencia de &#8220;Vinagres&#8221;.</p>
<p>Persigue en una búsqueda incesante e inconformista el resultado que inconmensurable y sencillo emociona los sentidos y anestesia facturas, comandas que suenan a celestial poesía en movimiento y se transforman en lienzo degustable. </p>
<p>Alquimista de las cartas  que aletean en la cocina y en el salón  para posarse en el mantel. Huerta y bodega, sol y brisa norteña, verde tapiz que lo envuelve todo Montaña abajo.</p>
<p>Cocinero siempre que nunca fraile, hombre de sencillez sobrecogedora que se aleja del mito que le persigue allá donde quiera que le lleve el aroma de los mercados y las lonjas.</p>
<p>Explorador culinario  incansable, becario aprendiz a los sesenta y ocho, curiosidad habitable, sorpresa permanente, legado incunable de albina casulla de chef remangada.</p>
<p>Mi admiración y afecto. </p>
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		<title>Casa Piluca</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 09:07:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Estelas Anonimas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>De fogones y viandas se llena esta historia, Un amigo y  un señor que es un gran hombre, un mejor profesional. Una historia que habla de un comer de cinco tenedores, pero hacerlo tan en casa, que antes de irte, ya quieres volver. </p>
<p>En castiza ubicación planto su casa y la cuida cada día con el mimo de quien sabe bien lo que hace y llena de pasión cada detalle, en la plaza las vistillas reina el rey de las alcachofa y los callos de los rotos de patatas y huevo, del rape y la ventresca, del tomate y lo que quiera que tenga, que todo tiene su sitio y su excelencia.</p>
<p>Un lugar al que ir siempre y con cualquiera, un lugar que Casa Piluca se quiere llamar.</p>
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		<title>Invidentemente</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 08:34:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Aire de Rimas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Fundido en negro de sesión continua y perpetua permanencia, abono vital de oscuridad, la imaginación suple y colorea el vacío cromático al que atado vive, ver, no lo es todo, que para imaginar idílicos lugares cerramos los ojos. </p>
<p>Saber de los demás por el destilado aroma que les persigue, por el susurro que sus pasos entonan, por la voz que en la distancia armoniza el discurso. Recorrer fisonómico a mano alzada del perfil facial que traslada gráficas dactilares, semblantes que archivar en la memoria, bodegón virtual.</p>
<p>Lazarillo canino, muleta cuadrúpeda  paticorta, ojos de arnés y collar, guía de cordada extensible. Ladrido que advierte, protector pedigrí, perpetua amistad.</p>
<p>Albino bastón de recogido articular que prolonga el tacto al ras del suelo, imprescindible navegador urbano. Semáforos parlantes, pistoletazo de salida para cruces viarios en peatonales cebras de piel asfaltada.</p>
<p>Puntos caligráficos para lectoras yemas dactilares, atajos que derriban murallas y tienden puentes a la cultura y la igualdad. El oído compensa y sitúa en espacios, auditiva constancia del entorno, pituitaria habilidad que desvela y entusiasma al habilidoso portador.</p>
<p>Manos repletas de ternura, caminos en el aire surcadores de vacíos, escultores a imagen y semejanza de un mundo interior propio.</p>
<p>Cupones que desafían al desempleo, rasca y gana, compra y ganaran muchos más. Diez más uno son mil almas con oportunidades que huelen a igualdad y autosuficiencia, a ganas de ganar. </p>
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		<title>Capítulo III</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Oct 2011 08:47:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Caballeros]]></category>

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		<description><![CDATA[Toma la iniciativa D. Luis, que entra con paso firme en la taberna, mientras las tablas del suelo mecen sus pasos y armonizan el andar. Desvencijado suelo que perdura en ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Toma la iniciativa D. Luis, que entra con paso firme en la taberna, mientras las tablas del suelo mecen sus pasos y armonizan el andar. Desvencijado suelo que perdura en la tarea de sostener una realidad de vasijas y vino, de historias que rebosan las mesas y se derraman en su huir efímero. Encontramos mesa libre en un costado de la pequeña sala y de camino a ella,  D. Diego y un servidor vamos tomando la distancia a cada alma que habita el local, chequeamos sus manos,  el gesto, su mirada, la intención y todo lo que flota alrededor. Nada escapa a la escudriñadora mirada que desatamos desde que atravesamos el umbral. </p>
<p>La desconfianza se hace necesaria, no nos encontramos en nuestra tierra y desde nuestra llegada, volaron las noticias de que tres caballeros recorrían desde tierras lejanas, caminos y montes, ríos y mares, en busca de un misterio. Por eso, toda cautela es poca. Una vez asegurado el escenario, nos disponemos a tomar asiento, D. Diego recoge en un gesto certero, su capa  por detrás del respaldo de la silla en la que se aposenta, las manos libres de los guantes, atrasan la espada hasta el costado, dejando libre la cintura y facilitando el poder desenvainarla si procediese. Ni un momento para el relajo, D. Diego es pura adrenalina en ebullición, uno de los mejores espadachines que conozco, dicen que quien osó retar la hoja de su espada, ahora le cubre la tierra. A su diestra sitúo mi sombra y con ella,  sumamos tres.</p>
<p>Tres hombres a la espera de que el más mínimo movimiento en falso de los presentes, desate la batalla, convierta la taberna en un campo de batalla,  pero no pinta que hoy vaya a ocurrir. Poco a poco y una vez saciado el observar curioso de los presentes, el murmullo atronador común de las tabernas va recuperando su sitio en el local, tras el silencio provocado por nuestra entrada. ¿Curiosidad o sorpresa?, en cualquier caso novedad.</p>
<p>Mesero!!, traiga una jarra que reparta en vasos el zumo fermentado de la uva, D. Diego espeta mientras su puño acaricia la mesa. No se hace esperar el llegar silencioso y casi deslizante del mesero que acarrea la jarra y los vasos.</p>
<p>Una vez servidos, y regado el gaznate, D. Diego le invita a sentarse con nosotros, con ese movimiento del dedo índice, que no deja lugar a dudas de la obligatoriedad, pero receloso el tabernero se mantiene a distancia de la redonda tabla que nos reúne. Otro gesto esta vez con mayor vehemencia termina por convencer al ventero temeroso.</p>
<p>La charla derrota por caminos superfluos que enredan los pasos, que despistan y alejan. Pero en el aire permanece que aquello terminara, en un interrogatorio en toda regla. Hay que esperar el momento, más adecuado,  el local mantiene todavía mucha clientela,  pero van pasando las horas y la taberna pierde fuelle en el andar del reloj,  y más pronto que tarde los parroquianos, van despoblando el local. </p>
<p>Una vez a solas nosotros y el mesonero esquivador de preguntas. D. Luis le centra la cuestión, que  no es otra,  que haga memoria sobre la dama que recalo en su local tiempo atrás y que leyó aquellas letras que encandilaron a los atónitos  oyentes. Costó algún que otro doblón que aflojase la lengua y  quizás algo tuviera que ver un empujoncito moral, que coincidió, cuando D. Diego tomo verticalidad y con su mano derecha en el hombro del mesonero, este sintió la media presión prensil de su mano, entonces, D. Diego inclino su cabeza y acercándose al pabellón auditivo del vinatero,  le dijo entre dientes: </p>
<p>“hemos hecho un largo camino hasta aquí y necesitamos saber lo que sabes, quizás tenga más paciencia en la faldiquera, pero la última vez que mire, se me había agotado,  pero si me lo pides miro otra vez….,”  Ni una duda, el mesonero desato su lengua dando paso a un aluvión de información, que le llevó a dar detalles innecesarios, y es que a esas alturas, el miedo abrió la compuerta del verbo y no se dejo nada por desaguar y una vez obtuvimos la información necesaria, decidimos seguir nuestro camino, era mediodía y había tanto por hacer, que no había tiempo que perder. </p>
<p>Seguimos los pasos apretando el estribo, acortando las noches y alargando los días. Nuestro nuevo camino trazaba una línea salpicada de aldeas y campos de labranza, de historias que vendrán a quedarse pegadas en estas letras, que componen la hoja de ruta de tres hombres en busca de una verdad.</p>
<p>Se acabó el día, ahora nos guardaban, nobles paredes de rancio abolengo, las de una casona hermosa que se convirtió en el palacio de los Alonso de Medina tiempo atrás.  D. Antonio, un viejo y gran amigo, que conocí hace años,  al que le tengo ley y me honra con su amistad, nos albergó en su morada con la grandeza y  generosidad que le caracteriza. Llevábamos demasiados días de intemperie y jergón,  el devenir de los días nos habían dejado la espalda damnificada, demasiado bosque y vigilia nocturna, demasiada hoguera, demasiados días sin descanso, en busca de un tesoro…</p>
<p>Andábamos cerca del feudo de los Alonso de Medina, y como las noticias vuelan, en cuanto el bueno de Antonio, supo de nuestra presencia por aquellos lares, mandó hallarnos y ejercer de anfitrión, excelentemente debo apuntar.</p>
<p>La noche había transcurrido entre asados y vinos, manjares de delicado  bocado, para cerrar con dulces de hostería en el salón, con un digestivo en copa abalonada  frente al fuego. Charla de la buena, historias de  una vida plagada de vivencias y un arte al platicar que cautiva, de pronto silenció su discurso y dirigió sus pasos, moviendo los dedos en forma circular sobre la sien, mientras, me decía, querido amigo, sabes que guardo en esta caja?, con gesto de ignorancia respondí, a la cuestión. Entonces tomó con su mano diestra una caja de madera labrada, que estaba sobre la viga de la chimenea, y al abrirla sacó una pipa, una “brandy curva”, de madera de brezo que años atrás le había traído de unos de mis viajes, y que conservaba cual tesoro. Es cierto que sirvió de coartada para acompañar tardes de charla y nieve tiempo atrás, encendimos la cachimba y se volvieron a desatar las anécdotas y las carcajadas. Pero las horas fueron sumándose en el reloj y el día dio a su fin. </p>
<p>Ahora todos duermen, el silencio va llenando cada estancia, deslizándose sobre cada uno de los muebles que adornan las estancias, mientras sigue imparable trepando al cielo hasta llenar la noche y besar la luna. Por los ventanales, en sedosa cascada desciende una nocturna luz lunada, que se posa en la tarima de roble moreno, estelas brillantes del polvo en suspensión que tintinean arropadas por la quietud del palacio. Sentado en el último tramo de la escalera contemplo el momento, mis compañeros duermen en sus alcobas,  bajo doseles de visillos y cobertores de piel cazada. D. Antonio en su almena descansa hace tiempo. Pero yo sigo, desde hace años mantenemos un romance, la noche y un servidor, ella llega puntual a la cita y despliega todo lo necesario para curar cada herida que el día me trajo. </p>
<p>Yo me dejo arropar por su manto y le cuento las cosas que el día alumbró, y así es como comienza nuestro baile, entre el contemplarla y el volar de la palabra, mientras embriagados por los lances nos llega la mañana y todo vuelve a empezar…</p>
<p>Buenos días queridos amigos, tenéis las monturas ensilladas y dispuestas las provisiones, dijo D. Antonio Alonso de Medina y Vivar, gracias querido Antonio, le dije mientras me fundía en un abrazo sincero con él. </p>
<p>No entiendo por qué marcháis tan pronto?, nos queda aún tanto por hablar y vivir que se me hace difícil dejaros partir.<br />
Ya sabes buen amigo, que la vida nos trajo hasta tu puerta, como etapa de un camino por andar, que no hay tiempo que perder y que volveremos a pisar el umbral de tu casa, cuando hayamos terminado la misión encomendada.</p>
<p>Puedo unirme a vosotros y quizás o sirva mi compañía?, dijo mi buen amigo, queriendo sumarse. No puedo permitirlo amigo, tienes una hacienda por cuidar y un familia hermosa que te necesita más que nunca, pero te honra tu ofrecimiento.</p>
<p>Elevó los hombros y esbozó una sonrisa de aprobación a medio gas, sabía que no podíamos entretener nuestros pasos y con majestuoso gesto, despidió nuestra marcha. Nos dirigíamos a una abadía que estaba a dos días a caballo, allí nos habían asegurado se encerraba nuestra enigmática Dama y todo apuntaba que con ella a buen recaudo, el codiciado  tesoro.</p>
<p>Comienza la tarde a ruborizar el cielo, con el esconderse del sol en el horizonte, se viste de anaranjado telón el morir de la mirada. Borbotones de nubes que asemejan humo, se enredan entre los arboles del fondo, la postal no se hace esperar, y detenemos nuestros caballos, para contemplar la magia de este atardecer. Pero D. Diego, parece nervioso, algo le tiene intranquilo., y a la menor ocasión nos insta a continuar. La noche se cierne y hay un paso que atravesar en el desfiladero del errante, que prefiere sortear antes del anochecer.</p>
<p>Seguimos camino y en fila de a uno, comenzamos a atravesar el angosto paso, paredes de granítica existencia se alzan a nuestro paso, y el eco de la cabalgadura resuena en todo el desfiladero, D. Diego toma la primera de las posiciones, sigue nervioso, intranquilo, algo le dice que no será fácil llegar al final. De repente un estruendo, enmudece el momento……………………</p>
<p>…//…</p>
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		<title>Carbón y sueño</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Oct 2011 09:01:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Esbozar tu risa]]></category>

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		<description><![CDATA[A mi amigo el Iceberg. Así le llamo en lo más interno, y el porqué del apodo se desarrolla en el prologo de un libro en su honor, de él ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mi amigo el Iceberg.</p>
<p>Así le llamo en lo más interno, y  el porqué del apodo se desarrolla en el prologo de un libro en su honor, de él y para él, que empezó a fraguarse tiempo atrás cuando la vida unió nuestros caminos y con ello, una vida que no la cambio por nada y de la que él tiene más que toda la culpa.  </p>
<p>Hoy sé que le llueve por dentro, que se le llena el alma de suspiros que no da, porque no quiere vender penitas a los de al lado, pero conozco sus tonos y su verbo trabado, que son como todo lo que le rodea, sincero, transparente y tan de verdad, que sé por lo que está pasando. Por eso a estas horas estoy escribiéndole a mi amigo Toñito, emocionado por todo lo que se me remueve cuando él ocupa mis letras y porque la vida le dio duro en un rinconcito del alma reservado solo para muy pocos. Así lo quiere él. </p>
<p>Hoy voy a mandarte un fragmento de algo que hace tiempo escribí y que espero te dibuje una sonrisa a pesar del nublado que habita estos días sobre tus hombros.</p>
<p>Todo comienza con una de viajes, con el sheriff de maestro de ceremonias, teníamos un pendiente entre carbones y cabrones que no es lo mismo, ni siquiera se le parece, salvo por la paridad entre el color de la roca mineral sedimentaria y las entrañas del culebra al que teníamos  la intención de neutralizar.</p>
<p>Pues bien, llegamos al lugar donde un &#8220;garganta profunda&#8221; nos iba a cantar hasta la tabla de multiplicar y lo hacíamos acompañados de gente de orden y el que suscribe, como notario de lo que a continuación les cuento. Una vez en  la vivienda del interfecto, este nos recibió nervioso por el lance en el que se encontraba, nos ofreció un cafelito y nos invito a sentarnos en el sofá, su señora se dio brillo tras las presentaciones, se quito de en medio tras los saludos habituales y nos dejo a merced de su consorte. El muchacho desbordado por la situación, relato con todo tipo de detalles la cuestión que hasta allí nos había llevado. No reparo en detalles, ni en medios, nos ofreció una grabación de video al más viejo estilo de novela negra en el Chicago de la ley seca. Y nosotros que somos de fijarnos nos hicimos a la idea en los primeros lances. Pero se vino arriba y pasado un rato largo de imágenes con nuestro anfitrión de narrador,  a mi general le empezó a fraguar la comida y con tanto trabajo interno, el torrente sanguíneo descendió al estomacal recinto, dejándolo a merced de Morfeo en soporífera batalla desigual.</p>
<p>Pero no fue un sueño en toda regla, fue una lucha de los párpados con la gravedad, una de cierro y no cierro, y claro entre la tensión que tenia nuestro informador, los agentes secretos y el sueñin de mi general, me costó como nunca aguantar la carcajada. Pero el jefe no descansa y  cuando se dio cuenta de que me había percatado del lance, aquello casi salta por los aires. Despego dos milímetros los labios, que en él es una carcajada y supimos que había que irse. </p>
<p>Nos despedimos de aquella variopinta pareja y seguimos a nuestras cosas con lo allí escuchado y el deber en cada paso, de lo que vino después no me acuerdo bien,  pero eso será otra historia.</p>
<p>Un abrazo fuerte mi General y siempre a tus ordenes.  </p>
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		<title>Capítulo II</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Oct 2011 08:45:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patxietxea</dc:creator>
				<category><![CDATA[Caballeros]]></category>

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		<description><![CDATA[Las cabalgaduras descansan atadas a un árbol, improvisado establo a la intemperie forestal, el serón se llenó con algunos frutos y paja que rumiar, tras las viandas, los hocicos abrevan ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las cabalgaduras descansan atadas a un árbol, improvisado establo a la intemperie forestal, el serón se llenó con algunos frutos y paja que rumiar, tras las viandas, los hocicos abrevan cristalina agua fresca y terminado el trance,  comienza un descansar de la jornada sobre los cacos herrados; raídas mantas les cubren el lomo, mientras en el suelo yacen, las sillas de montar descabalgadas con los estribos entrelazados, merecido descanso equino.  </p>
<p>No muy lejos unas piedras en forma de  corro, describen el límite del fuego que alumbra los rostros. El crepitar de la savia y la resina incandescente que cubre la leña, armoniza el silencio que se extiende en el bosque y su calor llega hasta los huesos,  que cambian el helado frío, por el abrazo de la hoguera. </p>
<p>D. Diego entresaca de su saco, un paño que desenvuelve con mimo apoyado sobre sus rodillas, en él alberga un taco de cecina curada con humo en su hogar,  que ahora se muestra tan lejano como añorado, a golpe de afilada hoja, corta unas lascas y nos ofrece el manjar, deleite de gaznates sedientos y panzas desiertas. </p>
<p>Acompaña a la chacina un mendrugo de hogaza. Levadura, sal, agua, harina y leña, manos que amasaron en el cortijo de D. Luis el presente, que ahora se desgrana entre las nuestras, mientras un pellejo curtido, pasa errante de mano en mano y entrega entre nuestros labios, un torrente que encierra el trago necesario que hará, de esta cena a la luz de las estrellas, una velada para el recuerdo. </p>
<p>Dispuestas en el suelo las esteras a modo de camastro, emuladoras de colchón, sobre las que dormitar, y en horizontal posición, sobrevolar las copas de los árboles y contemplar la celeste cúpula, que cubre un sueño que no se hace esperar. Celestial lucernario noctambulo que encierra secretos por desvelar. </p>
<p>Comienza la guardia encaramado a un montículo D. Diego, la noche será larga y el relevo tardara en llegar, antes,  la charla recorre la memoria de los días junto a los suyos, anécdotas que humedecen lagrimales, recuerdos tatuados de besos, de abrazos con los dedos enredados en el pelo de sus amadas, que son el ultimo flash que figura en la memoria, antes de que los ojos se quieran cerrar y el día toque a su fin.  </p>
<p>Habían convenido que al alba emprenderían camino, seguirían hacia el norte, musgo verde, que al abrigo sombrío reluce en los troncos y en las piedras por igual. Buscarían las pistas que les lleven hacia el tesoro que vinieron a encontrar. El fuego se va debilitando, en el correr imparable del reloj y las brasas cambian el anaranjado matiz por el gris ceniza, mientras la luz se desvanece a medida que la noche avanza sin tregua. </p>
<p>Durante las horas de vigilia vigiladora, un crujir de ramas rompe la nocturna calma, los ojos de D. Diego se dirigen hacia la oscura arboleda que les cobija, con maestría se desliza sorteando troncos y piedras, conservando a su paso el silencio necesario, que no desvele su andadura, en busca del origen del ruido. Camina tan en silencio que ensordece, y el murmullo de un torpe andar, le orienta cada vez más hacia el origen del mismo. Cualquier circunstancia podría darse, y sabedor de ello, hace de la cautela una forma de vivir. Apostado a pocos metros del último ruido, descubre que la amenaza, no es tal, que los pasos tienes un dueño, y que no es más que un corzo, que liba agua fresca, amparado por la escasa luna. Por un momento su arco tenso la cuerda, la flecha apunto al cuello y pensó en comida que llenase su panza y en la piel que cubriese el frio. Pero la estampa le puede, el cérvido de rojizo pelaje,  le coronan yemas recién estrenadas, salpicadas de perlas las cuernas hasta las luchaderas, que engalanan a un hermoso ejemplar. Ajeno al peligro dobla sus patas y remoja el hocico en manantial. Espectador de lujo,  D. Diego cierra los ojos, la vida le dio una postal que guardar, y sin romper el momento, se vuelve sobre sus pasos, hoy no toca cazar.</p>
<p>El sol despertó la mañana y sobre el ropaje algunas hojas descansan caprichosas que las trajo la noche. Mientras el cerebro despierta y  comienza a tomar el control del cuerpo, un relinchar nos devuelve a la realidad, recogemos nuestros bártulos y ensillamos las monturas, mientras reavivada la lumbre, humea un puchero con un hedor a café vespertino. El pan miga la taza y el cuerpo agradece el desayuno continental. Bufet de frutos rojos de un bosque que encandila las miradas, mientras comienza el camino y lo que él nos deparará. </p>
<p>D. Luis comenta que un Mercader de madera y heno, le había dicho que no muy lejos de donde nos encontrábamos, se hallaba una aldea y en ella una vieja taberna;  y que allí,  el mesonero le habló de que un día al filo de la media noche, entró una dama de delicadas facciones y manos de seda, perfumada de jardín y almíbar. Viajaba solitaria, pues no seguían sus pasos, lacayo ni señor,  y que mientras reponía fuerzas, relato unos versos que le hicieron soñar. Palabras del alma, dijo el mercader, pero cuando quiso saber más,  el mercader marchó asustado por la insistencia y el temor a lo desconocido, y con la rapidez de un rayo desapareció&#8230;.</p>
<p>Decidieron entonces dirigirse hasta la taberna referida y una vez allí obtener el máximo de información. A medida que avanzaban el bosque se destejía de verde y el sol le ganaba la partida a la opaca frondosidad, desvelando una luz que calentaría el andar hasta la aldea.</p>
<p>Humeante la chimenea, vomitaba volutas de humo de encina que perfumaban el llegar, las luces sedientas de velas, tintineaban a través de las ventanas, arropadas de visillos celosos de intimidad. El verde suelo se extendía hasta los trillizos escalones  que alzaban el acceso a su interior y un run run con tono de murmullo se escapaba puertas a fuera. Descabalgamos los rocines y atados al madero, enfilamos la entrada al local, la puerta gritó nuestra llegada, con desgarrada bisagra herrumbrosa, y el charlar de los presentes enmudeció.</p>
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