De fogones y viandas se llena esta historia, Un amigo y un señor que es un gran hombre, un mejor profesional. Una historia que habla de un comer de cinco tenedores, pero hacerlo tan en casa, que antes de irte, ya quieres volver.
En castiza ubicación planto su casa y la cuida cada día con el mimo de quien sabe bien lo que hace y llena de pasión cada detalle, en la plaza las vistillas reina el rey de las alcachofa y los callos de los rotos de patatas y huevo, del rape y la ventresca, del tomate y lo que quiera que tenga, que todo tiene su sitio y su excelencia.
Un lugar al que ir siempre...
Fundido en negro de sesión continua y perpetua permanencia, abono vital de oscuridad, la imaginación suple y colorea el vacío cromático al que atado vive, ver, no lo es todo, que para imaginar idílicos lugares cerramos los ojos.
Saber de los demás por el destilado aroma que les persigue, por el susurro que sus pasos entonan, por la voz que en la distancia armoniza el discurso. Recorrer fisonómico a mano alzada del perfil facial que traslada gráficas dactilares, semblantes que archivar en la memoria, bodegón virtual.
Lazarillo canino, muleta cuadrúpeda paticorta, ojos de arnés...
Toma la iniciativa D. Luis, que entra con paso firme en la taberna, mientras las tablas del suelo mecen sus pasos y armonizan el andar. Desvencijado suelo que perdura en la tarea de sostener una realidad de vasijas y vino, de historias que rebosan las mesas y se derraman en su huir efímero. Encontramos mesa libre en un costado de la pequeña sala y de camino a ella, D. Diego y un servidor vamos tomando la distancia a cada alma que habita el local, chequeamos sus manos, el gesto, su mirada, la intención y todo lo que flota alrededor. Nada escapa a la escudriñadora mirada que desatamos desde...
A mi amigo el Iceberg.
Así le llamo en lo más interno, y el porqué del apodo se desarrolla en el prologo de un libro en su honor, de él y para él, que empezó a fraguarse tiempo atrás cuando la vida unió nuestros caminos y con ello, una vida que no la cambio por nada y de la que él tiene más que toda la culpa.
Hoy sé que le llueve por dentro, que se le llena el alma de suspiros que no da, porque no quiere vender penitas a los de al lado, pero conozco sus tonos y su verbo trabado, que son como todo lo que le rodea, sincero, transparente y tan de verdad, que sé por lo que está...
Las cabalgaduras descansan atadas a un árbol, improvisado establo a la intemperie forestal, el serón se llenó con algunos frutos y paja que rumiar, tras las viandas, los hocicos abrevan cristalina agua fresca y terminado el trance, comienza un descansar de la jornada sobre los cacos herrados; raídas mantas les cubren el lomo, mientras en el suelo yacen, las sillas de montar descabalgadas con los estribos entrelazados, merecido descanso equino.
No muy lejos unas piedras en forma de corro, describen el límite del fuego que alumbra los rostros. El crepitar de la savia y la resina incandescente...